


Para tener la capacidad de asombro se requiere de pudor, humildad, amor por la verdad, constancia y de una cuota de ingenuidad, traducida en cierta pureza intelectual. Los niños de antaño y algunos sobrevivientes de nuestra posmodernidad, son el ejemplo obligado del asombro y de la admiración, en ellos el ¿por qué? es una exigencia frente al saber y a la obtención de respuestas significativas. El Principito obra de Antoine de Saint Exupery (1900 – 1944) “no desistía nunca de ninguna pregunta una vez que la había expresado”. Por el contrario el remanente de niños hijos de la posmodernidad y sobreexpuestos a la tecnología, han olvidado lo sencillo del mundo y de cómo socializarse con sus distintos entornos.
Nunca antes la humanidad había tenido a su disposición la posibilidad de acceder a tan altas cuotas de bienestar, sin embargo la sensación de felicidad y satisfacción no aumenta, sino, que aumenta la frustración y desamparo en los sujetos. Será que se esta perdiendo la capacidad de asombro ante lo ordinario, o será que cada vez se saborean menos las cosas cotidianas de la vida, o quizás nos resulta difícil abstraernos de fenómenos mundiales como la globalización, o la perdida de identidades culturales producto de la hibridación social… Podríamos reflexionar infinitamente sobre eso y es desde ahí que se desprende una nueva interrogante ¿Será en realidad eso lo que nos permite ser feliz?...
Si los adultos somos victimas de este espiral ¿Que decir de los niños? se hace necesaria una educación en la sobriedad. Debemos transmitir en nuestra vida que “lo suficiente ya es bueno”. Desde este punto es que surge la relevancia del caleidoscopio, el que como elemento simple y manipulable, lleno de belleza y magia, en el cual cientos de figuras irrepetibles de luz y color, conforman un juego de inagotables sensaciones, todas y cada una de ellas provenientes de este inmortal instrumento.
Caleidoscopio
(La Confesión Inconfesable)
“Rebaño de colores que se aleja en el tiempo, ese desfile de mariposas encantadas, ese azar de luces sin destino y pequeños bombones del ojo, que hacen la delicia de la retina”
Vicente Huidobro.
Leontina Vargas Achurra
Psicóloga
lvargas74@gmail.com











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